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Enrique Arguedas, detrás de la soga

Periodista: Jemima Estrada

02 de Junio del 2023

Radio Cultural de Puriscal.


De izquierda a derecha doña Elizabeth Valverde, Enrique Arguedas, Palomino, Karol Arguedas y Sebastián Arguedas, nieto.


Nació y se crio en propiedad ajena, anduvo “a pata pelada” hasta sus 13 años y ahora es el lazador y montador más reconocido de su natal Costa Rica. Lo llaman “Calilo, el de las muñecas mágicas”.


Su nacimiento

- ¡Corré por agua caliente que la panza de tu mamá que tanta curiosidad te da, ya va a desaparecer! Le pidió María a Norma, la hija mayor de la familia.

-No entiendo el porqué del agua, pero está bien doña María, le respondió a la partera.

Para entonces era un tabú hablar de sexualidad con los hijos.

Doña Betsabeth Porras Álvarez estaba en labor de parto en uno de los humildes cuartos de la finca ubicada en el pueblo de San Miguel, Carrera Buena, de Turrúcares de Alajuela, en la que ella, su esposo José Carlos Arguedas Arguedas y sus demás hijos, trabajaban y cuidaban a cambio de tener un lugar para vivir. Su doceavo hijo, José Enrique Arguedas Porras dio su primer grito de vida. Era un frio 11 de noviembre del año 1965.


- ¿Por qué un niño llora en el cuarto de mi mama? insistió Norma.

-Es que la cigüeña trajo a un hermanito suyo, respondió María.

-Pues que desordenada esa cigüeña doña María, se metió por el platanal de la casa y dejó el cuarto desordenado, lleno de sangre y muchas cobijas.


Su infancia

Junto a su papá y sus 15 hermanos, se encargaban de cuidar la finca y hacer la labor del campo. Enrique, en especial desde muy pequeño disfrutaba mucho observar cómo su papá al lomo de un caballo arriaba, amarraba el ganado de un sogazo. “Con los ojos llenos de brillo observaba a mi papá trabajar y en mi mente decía que un día, cuando fuera grande me iba a meter a una plaza a amarrar toros como mi papá. Él fue mi primer maestro porque yo no sabía ni cómo ponerle un gamarrón a un animal”.


Don Carlos abandonó a su esposa y a sus 16 hijos; es por eso que la familia se mueve a otra finca del mismo dueño en Turrúcares, a La Garita de Alajuela. Doña Betsabeth nunca echó hacia atrás. Al contrario, se llenó de más coraje para sacar adelante a sus hijos trabajando siempre en el matadero de pollos, cumpliendo con una jornada laboral de sol a sol que le permitía traer los colones necesarios para asegurar el plato de comida del día a día.

Allí los vecinos se mostraban solidarios con la familia Arguedas al regalarles arroz, frijoles o frutas.

Don Enrique descalzo, el segundo de izquierda a derecha. Foto del álbum familiar.


Los hermanos Arguedas se turnaban para ir a dejar a doña Betsabeth a la 1 de la mañana al matadero de pollos para evitar riesgos. Para regresar a casa doña Betsabeth tomaba un bus, el medio de transporte para los Arguedas.

Para ver la tele, Calilo y sus hermanos se debían portar bien e ir hasta el pueblo a la única pulpería que tenía un televisor que trasmitía imágenes en blanco y negro. Radio si tenían; la excitación de escuchar las corridas de toros eran tantas que, simulaban entre hermanos con sábanas, ser los protagonistas.


La pelotita de plástico roja-Anécdota

“Yo estaba en 4to grado de primaria; que por cierto hasta allí llegué. Salíamos de clases tipo 2 de la tarde. Allá iba yo descalzo por caminos llenos de polvos para llegar mi casa. Mi escuela se llamaba Pan de Azúcar. Resulta que a mis hermanos y a mí nunca nos faltó el plato de arroz y frijoles porque mi mamá fue la mujer más valiente que pude conocer, pero nunca tuvimos un juguete bonito, un camioncito ni nada. ¡Y no ves que me voy encontrando una bolita roja muy linda de plástico en el camino! Allá, arriba, en el llano, se veía una casa de gente papuda (adinerada). De fijo eran de los niños de esa casa. Cuando yo llego a mi casa es una contentera…


De una vez armamos la mejenga (jugar futbol) entre mis vecinitos y mis hermanos a pata pelada. Todo estaba muy tranquilo y bien por mi pelotita nueva porque, es que uno era tan, tan pobre que, lo que uno podía tener como pelota era un poco de papel arrugado que socábamos con bejuco o hilo de saco.


El problema se armó cuando mi mamá llegó del trabajo y me vio lavando la bolita después de jugar. De una vez me preguntó muy enojada de dónde había sacado la bolita y me dio dos fajazos bien dados; y como a uno lo habían educado tan rígido y tan bien yo le dije la verdad. No hubo nada que hacer. Eran casi las 6:30 de la noche y me dijo que ya, ya tenía que ir dejar la bolita a donde la había encontrado. Yo no quería ir, pero la palabra de mi mamá era ley. Por eso, de una vez le dije a mi hermanillo que me acompañara a dejarla a cambio de mi cena. Mi mama me escuchó y me dijo que no señor, que yo tenía que ir solo. Allá fui a dejarla, a donde me la encontré. Ah mi mama…ahora eso no se ve”, narra entre risas Calilo.


La relación de Enrique con sus padres fue solo de trabajo. Ambos le enseñaron el respeto y el amor por los animales, y la manera de ganarse la vida con ellos. Sufrieron muchas necesidades económicas, tanto que la misma doña Betsabeth les cocía la ropita a todos sus hijos a cómo podía; pero el amor y la unión nunca les faltaron. Es más Enrique afirma que, aunque quiere a todos sus hermanos, especial afecto tiene para Martín y Gabriel, con quienes tiene dos o un año de diferencia de edad. Con ellos solía ir al río, a cortar las frutas de la finca de la época. Los hermanos se repartían la cosecha de los árboles para así no discutir. Si uno tocaba el fruto de territorio ajeno, entonces sí se intercambiaban unos buenos golpes.


Su vida laboral

Cuando tiene 13 años, ya casi los 14, se dedica a vender gallos de salchichón y huevos (se acompañan con una tortilla palmeada) con su primo, en una carreta móvil que tenían frente a las instalaciones del Instituto Costarricense de Energía (ICE) en ciudad capital, San José. A sus 15 años se va a Puerto Viejo de Sarapiquí a trabajar cuidando y revisando aproximadamente 700 cabezas de res.


Allí tenía domingos libres cada 15 días, mismos que eran aprovechados para trabajar con otro primo cortando mangos y comercializándolos en El Centro Nacional de Abastecimiento y Distribución de Alimentos (CENADA), primer mercado mayorista de Costa Rica. En esos esporádicos viajes al centro de ventas, Enrique conoce a don Félix Rodríguez, un domador tico con excelente trayectoria en la doma de caballos, al que no se le despega para poder aprender del oficio de cerca.


“En mis días libres me venía a ver a mi mamá, ya a nuestra casa propia en Balsa de Atenas y de una vez, me daba una vuelta en las cuadras de don Félix para que me enseñara algo nuevo. En lo que el señor hacía sus cosas yo le limpiaba cuadras o me ofrecía para lo que fuera, en calidad de pago por lo que me enseñaba”.


A sus 18 años se le presenta la oportunidad de amarrar de manera profesional en Sabana Larga de Atenas.

A los 20 años ya trabaja en la Escuela Centroamericana de Ganadería (ECAG), en donde Rolando Mora, le enseña a herrar. Más tarde se afina al recibir por un mes completo, tres cursos de herraje profesional con un canadiense al que solo recuerda por su apellido “Murray”.


A los estudiantes de la Escuela de Ganadería, Enrique les enseña doma, cuido y equitación. Colabora para la Escuela aproximadamente 9 años.


Viaja a Panamá a trabajar para tener un mejor ingreso económico. Allá trabaja con caballos raza cuarto de milla y españoles, pero regresa al cabo de un año por añoranza a la familia.

De 21 años torea en compañía de Macho Mora en Desamparaditos de Puriscal.


Su vida amorosa

Karol de bebé, la primer y única hija del matrimonio Arguedas Valverde.


Acepta que era un hombre muy enamorado. “Tuve muchas noviecillas pero con una duré 7 años, creí que me iba a casar con ella. Era de piel morena, de ojos claros, alta y de pelo lacio largo. Nunca me gustaron las mujeres de pelo corto. Vieras, la quería y me dolió que termináramos”.

Pero su historia de amor no terminó allí, más bien estaba empezando.


En una de esas amarradas de toros, en un redondel de Desamparaditos de Puriscal, justo en la tablada de la afición estaba sentada la mujer que sería su esposa.


Sí, allí estaba doña Elizabeth Valverde Arce, con toda la flor de la juventud. Don Enrique se las arregló para que don Miguelino Flores, se la presentara de manera formal.

A los días se hicieron novios y se casaron cuando don Enrique tenía 24 años y, a los 25 años don Enrique se convierte en papá de Karol, su primera y única hija. Hoy, Karol tiene 32 años de edad; ella al igual que su papá adora estar entre animales, pero ahora mismo está culminando la carrera de medicina y es mamá de José Sebastián Arguedas. El amor chiquito que enloquece a don Enrique.


Doña Elizabeth, la patrona del hogar, estudió psicología. Sus conocimientos han sido indispensables para apoyar emocionalmente a su familia y complementar los gastos económicos del hogar.


El amarre y la doma de caballos

Calilo haciendo uso de sus “muñecas mágicas”. Foto suministrada por Enrique Arguedas.


Enrique suma a 10 estudiantes que han aprendido de manera completa con él a domar, tanto, que ahora estos ya son montadores oficiales de reconocidas haciendas, dentro y fuera del cantón de Puriscal.

Año con año va a Zapote a las corridas más famosas y esperadas por los ticos que son televisadas por varios canales nacionales, en donde muestra al público sus 26 tipos de lazos. Allí, es donde según Enrique, recibe el apodo de “Calilo el de las muñecas mágicas” por el señor Jorge Arturo González Quesada, más conocido como “Cañero”. Un comentarista taurino reconocido y querido por los costarricenses.


Su sueño de pequeño se hizo realidad

Dicen que soñar no cuesta nada, pero, el sueño de Enrique sí era bastante caro y hasta parecía inalcanzable. Tener su propia tierra, construir sus cuadras y su propio galerón para poder enseñar y ayudar a otros.


Ese sueño se cumplió gracias a la venta de dos caballos que él mismo hizo valer millones de colones con su arduo trabajo. Cuenta que le dolió en el alma deshacerse de ellos por necesidad. Muñecón sirvió para comprar el lote, lo vendió en 2 millones y medio y el otro caballo Kabiloso, lo vendió en 7 millones, a una mujer de nacionalidad holandesa. Ese dinero lo utilizó para construir su galerón que ahora sirve como un lugar de eventos masivos para el beneficio de la comunidad y personas necesitadas.


“Aquí se han hecho cualquier cantidad de eventos para gente que necesita y no hay nada más que me llene el corazón que mi galerón sirva para ayudar al prójimo. Yo sufrí mucha necesidad y cuando puedo ayudar, lo hago con el mayor de los gustos”.


El pavimento y la iglesia de Desamparaditos de Puriscal fueron arreglados con dinero que se recaudó por un evento celebrado en las instalaciones de Enrique.


Don José Luis Carmona, es un caballista Tabarceño a quien las arrugas le delatan los 61 años de edad. De ellos ha dedicado 40 años a montar. Ha y sigue organizando eventos junto a Enrique para la beneficencia social. De su compañero afirma: “En las cuadras de Calilo todo mundo es bienvenido, sin excepción alguna. Aquí los estratos sociales desaparecen. Es pura pomada el hombre”.


Las muñecas mágicas de 57 años dice ser feliz porque Dios le permitió cumplir sus sueños; una familia extraordinaria y un nieto al que no puede dejar de chinear todos los días de su vida, antes de iniciar su jornada de trabajo. José Sebastián es la luz de sus ojos; esos que se van a cerrar entre animales porque dice no verse en otro lugar cuando muera.

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